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«Pedro Navaja». El exquisito sabor del barrio

Texto originalmente publicado en revistacinefagia.com el 15 de octubre de 2004.

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Por: José Luis Ortega Torres.

Cuando las nuevas generaciones de cinéfilos neófitos hablan del cine popular mexicano tomando como punto de partida los pequeños bodrios exhibidos a últimas fechas como Matando Cabos, Sin Ton Ni Sonia (ni madre), Vivir Mata, Nicotina o la fresísima Ladies Night sólo porque sus acciones se desarrollan con la ciudad de México como fondo y/o la noche como unidad de tiempo, debo suponer que es por desconocimiento de causa, o en el peor de los casos, por esnobismo pedestre.

Son películas donde los publicistas-cineastas venden una imagen de una ciudad de México que no existe. Personajes irreales que se pretenden cotidianos en medio de una visión de lo popular que no se acerca en lo más mínimo a lo que permanece en la memoria colectiva de los millones de chilangos que a diario paseamos por ella. Realidades de mall con argumentos de historieta que no logran reflejar lo que obviamente no comprenden porque no conocen.

En cambio, una revisión hacia el cine de hace dos décadas nos descubre las noches de la ciudad de México en su ambiente más lóbrego y paradójicamente festivo, personajes y situaciones límite maravillosamente plasmados en una película cumbre del populacho nacional: Pedro Navaja, dirigida por Alfonso Rosas Priego Jr., tomando como punto de partida la letra de la salsa homónima, himno escrito por Rubén Blades con arreglos musicales de Willie Colón y editado por vez primera en el LP Siembra, en 1982.

Realizada en 1983, la película cuenta la vida del ficticio Pedro Navaja del título (Andrés García en su mejor momento), padrote mítico en las noches de la ciudad de México por su apostura física, su destreza en el manejo de la navaja (de ahí el mote) y por su alto grado de honestidad, aunque parezca inconcebible. Vive de sudar el cuerpo y arriesgar la vida. Es el sueño erótico de las güilillas que regentea y que solamente de vez en cuando tienen la fortuna de gozar de su acostón respectivo, pues viven más de la promesa que del cumplimiento, ya que el buen hombre se reserva para su adorada Rosa (bellísima Maribel Guardia en cumplidores desnudos parciales), mesera de café de chinos por el puro gusto de no aburrirse en su casa.


Ella es la mujer que le hace ver a Pedro la vida en su justa medida, aun cuando él la trate con la misma ligereza que a sus pupilas, con todo y que la meserita desea una vida decente, aunque su navajero galán no entienda que tiene ésta de indecente. Empeñado en mantener la honra de su mujercita, el caifán del barrio vive también para cumplir la promesa hecha a su difunta jefecita: darle educación a Memo (Edgardo Gazcón), su hermano, un huevonazo que ve a Dios en su hermano y vive empeñado en ser tan cinturita como él.

El microcosmos personal de Pedro Navaja se centra en estos dos personajes, atípicos por completo en el perfil del padrotón que nuestro cine se ha encargado de dibujar como el desgraciado cinturita ojete y explotador, justamente al estilo del inolvidable Paco (Rodolfo Acosta), el mismo que golpea hasta cansarse a Mercedes (Marga López), la talonera del Salón México (Emilio Fernández, 1948), muy a pesar de sus súplicas: “...en la cara no, Paco, en la cara no...”

Primer punto de humanización de este hombre, de quien pocos minutos después de iniciada la película, ya olvidamos lo innoble de su labor para crecer en admiración. Segundo punto: su alto grado de “parejez” que lo lleva a ayudar a los más desgraciados, como el Micky Inflaus (Resortes, con todos sus tics recurrentes), teporocho de poca monta que se precia de ser su amigo. “Parejez” que le hace ser odiado y admirado hasta por su acérrimo enemigo, El Cumbias, padrote de segunda siempre a la sombra de nuestro héroe ¿o será anti-héroe?


Por allá de 1984, año en que se estrenó la cinta, algunas notas criticas apuntaban una supuesta incongruencia y lo poco atinado de Andrés García en el rol principal. Nada más falso. García, convertido hoy en una mini-leyenda gracias a la fama de latin lover creada por él mismo, es la encarnación perfecta de Pedro Navaja. Tal vez sea ésta su mejor interpretación, perfilando un hombre sin miedos, gozoso de su vida, acostumbrado a ser temido, respetado y amado a un tiempo, feliz de que todo (y todas) se mueva a su entera voluntad.

Dios pagano de un cielo donde las estrellas son luces de neón, las nubes son rojas y las orquestas de ángeles y serafines se han convertido en Los Joao y Pepe Arévalo con todo y sus Mulatos. Pero como en todo negocio, el de la carne también requiere renovarse, por lo que la llegada al barrio de una nueva y espectacular hembra enfrentará a los dos caifanes en pos de sus favores y regalías, por medio de un duelo de destreza y puntería con el arma. Pero si Pedro ya cuenta en su cama con Rosa la sabrosa, es necesario que la “nueva” sea una mujer de excepción y eso es La Tijuana (Sasha Montenegro convertida ya en un mito viviente), misteriosa mujer que sin decir un solo diálogo es capaz de poner de cabeza toda la situación.

Sobra decir quien es el vencedor del duelo, pero cabe aclarar que El Cumbias no dejará pasar por alto la humillación, echando mano de los celos de Rosa y una falsa acusación de asesinato que lleva a Pedro a la cárcel, a su hermano a la muerte y a su mujer al talón. Tragedia griega a ritmo de salsa, ¡sabor!


Ahora es la venganza lo que motiva a Pedro Navaja. Es aquí, durante las últimas secuencias de la cinta, que el director monta una serie de escenas que van in crescendo hacia un final vigoroso, primero con el largamente esperado duelo, lucha de filosas puntillas en mano (siempre fálicas, objeto–símbolo de la virilidad de ambos proxenetas), rasgando el aire en una coreografía a ritmo de tambores afroantillanos en atinados planos abiertos que dan cuenta de esta danza de muerte sobre mesas de billar; lucha que termina con un poderoso encuadre donde un hilo de sangre escurre al piso (con la cámara emplazada a ese nivel), y en segundo plano, la silueta de un Pedro Navajas hierático, solemne ante el ritual mortuorio, majestuoso en su victoria; sereno al colocar su sombrero de ala ancha sobre la cabeza apenas despeinada y recoger su gabán para ir en busca de la traidora.

La letra de Blades se pone en escena con una obvia sencillez de medios –sin ser por eso menos efectiva– donde la oscuridad nocturna envuelve los pasos de dos figuras solitarias que caminan hacia un mismo destino: Rosa, ahora una banquetera en desgracia y Pedro, herido donde más duele, el orgullo, pero manteniendo el tumbao que tienen los guapos al caminar, la frente erguida y la navaja en el bolsillo. La música fluye, y con ella, Pedro Navaja avanza cadenciosamente, con sus pasos sirviendo de guía para los atinados travellings que dibuja la cámara; porque la película es Pedro y sólo a través de él ha de llegarse a un desenlace donde amor, celos, orgullo, navaja, balas y dos amantes se funden en uno de los finales más bellos e intensos del cine mexicano. Ya ven… Blades tiene razón: la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida…


PEDRO NAVAJA


Dirección: Alfonso Rosas Priego Jr.; Guion: Ramón Obón, Alfonso Rosas Priego Jr., basados en la canción homónima de Rubén Blades; Producción: Alfonso Rosas Priego Jr., Edgardo Gazcón; Fotografía: Agustín Lara Alvarado, Antonio de Anda; Música: Ernesto Cortazar, tema central de Rubén Blades; Edición: Sergio Soto; Con: Andrés García (Pedro Navaja), Maribel Guardia (Rosa), Sergio Goyri (El Cumbias), Sasha Montenegro (La Tijuana), Edgardo Gazcón (Memo), Ana Luisa Peluffo (La Roja), Adalberto Martínez Resortes (Micky Inflaus), Bruno Rey (Ruperto), Rubí Re (Mari), Isaura Espinoza (La Güicha), Milton Rodríguez (El Conde).

México, 1983, 95 min..

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