«Atroz». El rostro más violento del cine mexicano.

 Por José Luis Ortega Torres

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I.

El 26 de octubre del 2018 debe ser recordado en la memoria fílmica nacional como la fecha en que se estrenó comercialmente la película más violenta de la historia del cine mexicano: Atroz, opera prima del productor, realizador y guionista mexicano, Lex Ortega.

Este hecho, sin temor a exagerar, debe ser visto como un logro absoluto para el cine nacional de género surgido desde la trinchera independiente, y que luego de visitar festivales internacionales y mexicanos, y de tener una edición internacional en Blu-ray por Unearthed Films (sello de fama mundial por su catálogo de explotación, terror y violencia), no se perderá como una anécdota más del mad-mex fílmico, al contrario, Atroz se ha inscrito, por méritos propios, en el libro de la historia cinematográfica mexicana con su propio capítulo y no sólo como una nota al pie de página olvidada, como ha sido la triste tradición del menospreciado cine fantástico nacional.

No podía ser de otra manera: Atroz llegó a la pantalla grande como clasificación D. No es la primera producción nacional en tener esta restricción de público, sin embargo, debemos recordar que han sido muy pocas las películas de producción mexicana las que se han estrenado con esta clasificación, la cual alude a la pornografía hardcore, o bien, a la violencia explícita. De lo primero, Atroz no tiene ni una sola escena, de lo segundo, varias.

El nombre de Lex Ortega ya es bastante conocido dentro de las márgenes del cine de terror y violencia de nuestro país, y en Cinefagia le dimos puntual seguimiento al desarrollo de su obra. De hecho, en lo personal me congratulo de haber exhibido en el legendario ciclo Masacre en Xoco (por única vez en las pantallas de la Cineteca Nacional), la retrospectiva «Mextreme. Las pesadillas de Lex Ortega» en diciembre del 2012, conformada por sus primeros cortometrajes, entre los cuales se destacaba el internacionalmente reconocido T is for Tamales, quinto lugar mundial en la convocatoria lanzada por Drafthouse Films para integrarse al primer compilado ABC’s of Death.

El joven Lex y la cabeza protagonista de T is for Tamales.

Además, en aquella retrospectiva presentamos uno de sus cortos producidos en aquél mismo año: Atroz, un trabajo de poco menos de 15 minutos que era un brutal ejercicio snuff style, violento y descarado, en la mejor acepción del término, porque si de algo se puede acusar a Lex Ortega es de filmar lo que quiere y como lo quiere: entre más salvaje, mejor.

Lex Ortega fue abriendo su propio camino a machetazo limpio. Luego de aquél primer Atroz vendrían los cortos Contra Natura y Bendición de madre, (2013, ambos) y las bien conocidas México bárbaro (2014) y su secuela, México bárbaro II (2017), iniciativa del propio Ortega que reunió a ocho realizadores mexicanos (nueve en el segundo volumen) para contar ocho leyendas autóctonas desde el discurso del cine fantástico y de terror, donde él mismo se reservó un episodio en cada combo: “Lo que importa es lo de adentro” y “Exodoncia”, respectivamente. Su debut en el largometraje ya se hacía necesario.


 II.

En el corto Atroz (2012), Ortega nos dio una sesión de torture porn en la mejor vena de clásicos demenciales como August Underground. Una pareja de sádicos somete a una sesión de tortura a un transexual por el puro gusto y obsesión de uno de ellos. Lo que vemos en pantalla es la degradación física, mental y moral de un ser humano a manos de otro, que lo ejecuta simplemente porque quiere y puede, nada más.

A ese trabajo le seguiría Atroz 2, igualmente en formato de cortometraje que retomaría nuevamente a la pareja de criminales, por lo cual, tanto Lex Ortega como su productora y pareja de vida Abigail Bonilla, siguieron el impulso y tomaron la decisión lógica y valiente de extender el proyecto a un largometraje, para lo cual el realizador desarrolló una historia que diera unión y coherencia a las anécdotas brutales, pero simples, de escenas de tortura. El resultado es el filme debut fechado en 2015 y que, de manera inimaginable, vimos tres años después estrenado en pantallas comerciales.

Producido desde la independencia total y en formato de video digital, Atroz es el ejemplo vivo de cómo hacer cine de guerrilla: con riñones y amor al arte: vendiendo todo, menos la dignidad, y arriesgando el físico, pero jamás la integridad.

¡Qué no se diga que Lex Ortega y Abigail Bonilla perdieron su identidad en pos del anhelado debut cinematográfico y de las mieles de la marquesina! Atroz es la consecuencia de sus gustos y estilo de ver y hacer cine.

La historia se desarrolla en tres distintos momentos: 1) El presente, donde una pareja de jóvenes es apresada por la policía tras un accidente de tránsito, luego de descubrir que uno de ellos es un torturador y asesino; 2) El pasado inmediato descubierto a partir de unas cintas de video donde registraron sus crímenes (y donde entra en juego el cortometraje original a partir del incorporar el estilo found footage); y 3) Un pasado remoto que cuenta el porqué del accionar de la mente de este asesino desde su adolescencia.

Corpus arriesgado donde los haya, pero que Lex domina cobijado por la libertad total de ser un autor haciendo lo que mejor saber: dinamitar las buenas conciencias a partir de exponer la podredumbre que es innata al ser humano y, en específico, al terror social que envuelve a una ciudad como la CDMX, retratada en estilo documental por sus barrios bajos, poniendo especial énfasis en el miserabilismo que se esconde en cada esquina: caldo de cultivo de bajas pasiones donde el sexo, la vida y la muerte, se conjuntan con el hambre, el despojo y la necesidad de sobrevivir cueste lo que cueste. 

Lex hace gore y lo hace bien en la puesta en escena que esperamos del género: sangre y tripas a raudales, pero no lo deja solamente en el primitivo nivel de la provocación grosera y burda, sino que echa mano de él para despojar de su cáscara a los seres humanos que pueblan sus historias (como lo haría, también, en su posterior Animales humanos, del 2020), mostrando la esencia de pus y sangre que los conforma, incluso al interior del núcleo social que en el imaginario ideal debería servirle de cobijo: la familia que en suerte nos ha tocado padecer y que está muy lejos de ser la entidad protectora porque ahí, en sus entrañas, es donde se forjan no sólo los miedos, sino también los rencores y deseos de venganza.

Sí. Lex Ortega nos lleva a asomarnos a una representación de la maldad humana que es incómoda, que nos provoca náusea y nos hace cerrar los ojos pero que, no obstante, la conocemos bien porque vive en la misma colonia que nosotros, en la casa de al lado o en el departamento de abajo, pero que por condescendencia, miedo o desinterés, nos negamos a observar.

         Aunque si la viéramos, de frente y descarnada como él nos la presenta, ¿seríamos capaces de hacer algo? 


ATROZ

Dirección y guion: Lex Ortega; Producción: Abigail Bonilla; Fotografía: Luis García; Edición: Elena Morales, Lex Ortega, Mario Iván Ponton; Elenco: Lex Ortega (Goyo), Aleyda Gallardo (Berta), Dana Karvelas (Esmeralda), Patricia Leih (Jenny), Orlando Moguel (Félix), Julio Rivera (Gordo), Carlos Valencia (Juárez), Florencia Ríos (Daniela), Laurette Flores (Yadira).

México, 2015, 79 min.

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