«Candyman». Gentrificación y traumas raciales más allá del espejo

Por José Luis Ortega Torres.



I.

En la historia del cine de género, la transición del terror gótico victoriano al horror contemporáneo suele estar marcada por una traslación espacial: el desplazamiento de las fortalezas feudales y los castillos en ruinas hacia las periferias de la metrópoli moderna. Dentro de esta cartografía del miedo, Candyman (Bernard Rose, 1992), adaptación del relato «The Forbidden» de Clive Barker, se erige no solo como un hito del slasher refinado de finales del siglo XX, sino como un riguroso tratado socioespacial sobre la segregación, el estigma de clase y el racismo sistémico de los Estados Unidos de la republicana era Reagan-Bush.

        El acierto medular de Rose radica en la resignificación del escenario. Al desplazar la anécdota original de Barker —situada en un deteriorado proyecto de vivienda en Liverpool— al complejo residencial Cabrini-Green en Chicago, la puesta en escena instrumentaliza la arquitectura del brutalismo no como un mero fondo escenográfico, sino como un agente opresivo activo. Como bien señala Robin Wood ¹ en Hollywood from Vietnam to Reagan... and Beyond (2003), el cine de terror de culto estadounidense adquiere su mayor trascendencia sociológica cuando el monstruo personifica los retornos de lo reprimido dentro del entramado ideológico dominante. En este sentido, Daniel Robitaille (Tony Todd) —hijo de un esclavo asesinado en el siglo XIX por enamorarse de una mujer blanca— no emerge de ultratumba por una mera sed de sangre gótico-romántica, sino como la encarnación somática de un trauma histórico que se pretende eternamente soterrado.


II.

        Desde la perspectiva sociológica y del análisis cinematográfico, la cinta anticipó debates fundamentales sobre la gentrificación y la alteridad. La investigación académica que emprende la protagonista Helen Lyle (Virginia Madsen) evidencia una mirada voyerista y paternalista por parte de la élite burguesa-intelectual-universitaria hacia las comunidades marginales (tara que en cierto cine mexicano que se pretende alternativo, es "el pan de todos los días"). 

        Los pasadizos ocultos detrás de los espejos y las estructuras defectuosas de las viviendas sociales de Cabrini-Green sirven como metáfora de una sociedad que prefiere invisibilizar a sus clases trabajadoras y racializadas. La leyenda urbana opera entonces como un mecanismo de resistencia y cohesión comunitaria frente al abandono institucional, un fenómeno minuciosamente explorado por la antropóloga urbana Patricia A. Turner ² en su estudio I Heard It Through the Grapevine: Rumor in African-American Culture.


        En el apartado estrictamente lingüístico y cinematográfico, Candyman trasciende su coyuntura por un deslumbrante empaque lírico. La dirección de fotografía de Anthony B. Richmond contrasta la frialdad monolítica del concreto con claroscuros pictóricos que rozan el Romanticismo, mientras que la partitura operística y minimalista de Philip Glass eleva la narrativa a la categoría de tragedia mítica. Si bien es cierto que la magnética personalidad e inconfundible voz rasposa del gran Tony Todd dota a la criatura de una elegancia trágica cercana al icónico Drácula, es su doloroso performance lo que termina distanciando a su monstruo del anodino asesino autómata característico de las postrimerías de la década de 1980, entes ya desprovistos de toda psique. 

        Resulta inegable afirmar que hoy, a más de tres décadas de su estreno Candyman mantiene su estatus de obra de culto porque su propuesta rebasó la fórmula del susto efectista. Al articular la estética del horror corporal con una mordaz disección de las fracturas raciales y socioeconómicas de la urbe moderna, Bernard Rose concibió un mito imperecedero: aquel que nos recuerda que los verdaderos demonios no habitan en la oscuridad de la ficción, sino en las grietas morales de la historia que una comunidad decide, por conveniencia, olvidar.



CANDYMAN

Dirección: Bernard Rose; Guión: Bernard Rose, basado en «The Forbidden» de Clive Barker; Producción: Steve Golin, Alan Poul, Sigurjon Sighvatsson; Producción ejecutiva: Clive Barker; Fotografía: Anthony B. Richmond; Edición: Dan Rae; Música: Phillip Glass; Con: Virginia Madsen (Helen Lyle), Tony Todd (Candyman), Xander Berkeley (Trevor Lyle), Kasi Lemmons (Bernadette Walsh), Vanessa Williams (Anne-Marie McCoy), Ted Raimi (Billy).

Estados Unidos-Reino Unido,  1992 – 99 min.

***

Notas:

  1. Turner, P. A. (1993). I Heard It Through the Grapevine: Rumor in African-American Culture. University of California Press.

  2. Wood, R. (2003). Hollywood from Vietnam to Reagan... and Beyond. Columbia University Press.

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